Se ha producido un error en este gadget.

domingo, 17 de febrero de 2013


DETRÁS DE LA MÁSCARA
Todo ser humano se esconde detrás de una máscara. Y el que no lo reconoce a la luz del día sus pesadillas se encargarán, tarde o temprano, de recordárselo en forma de pesadillas cuando la noche le arranque la máscara y sus verdaderas facciones aparezcan. Claro está que hay muchas clases de máscaras, tantas como personalidades. Las hay de cartón piedra, inamovibles, insondables y las que simplemente son una ligera capa de maquillaje. Entre estos dos extremos hay toda una extensa gama de posibilidades.
 Si todos fuésemos transparentes este mundo no funcionaría, o funcionaría mal. Hasta el agua tiene que ser depurada de impurezas, ni el aire se libra de un buen filtro, tampoco la tierra es pura, necesita del rastrillo. Nada ni nadie es espíritu puro.
 Es por eso que el hombre, en mayor o menor medida necesita de afeites para habitar este mundo y no morir en el intento, o convertirse en hombre burbuja.
Si los políticos no tuviesen máscara ¿quién los votaría? Si los médicos no tuviesen máscara ¿cómo podrían enfrentarse al sufrimiento sin inmutarse? Si los profesores no tuviesen máscara ¿qué alumno les obedecería?. Si los padres no tuvieran máscara ¿qué hijo, por ejemplo adolescente, los aceptaría como ejemplo a seguir?
 ¿Máscara o desnudez? En la utopía la desnudez es perfecta, sana, natural, como la fruta silvestre. Pero en el mundo que habitamos, de fruta tratada, la desnudez no sólo está mal vista sino que es altamente peligrosa. Y el que practica el nudismo corre el riesgo de acabar marginado y muchas veces perseguido.
 El problema es encontrar el perfecto equilibrio entre la absoluta desnudez y el disfraz más sofisticado  para no caer del alambre. Todos somos equilibristas, unos más patosos que otros, y los que caen son los transparentes, los espíritus puros(o ingenuos) que creen que con la cara lavada pueden apuntarse al baile de la vida.
 Recuerdo a Julios. Apareció un buen día vestido de harapos, o más bien desnudo con harapos. Con el cielo por techo y sus necesidades básicas cubiertas por unas pocas monedas. Me llamaba la atención, no tanto por su carcomida y sucia manta a modo de capa ( y poco más), sino por su mirada limpia, parecía mirar un confortable más allá. Sin embargo su más acá distaba mucho  de ser confortable. Y era feliz. No tenía máscara. Era transparente como el mar donde se bañaba.  Pero el mundo lo recluyó en una institución, lo lavó, le puso techo y lo vistió. Duró unos meses.
Después me enteré por la prensa que era alemán, premio extraordinario de matemáticas, que un buen día tuvo la osadía de quitarse la máscara y vivir como los pájaros libres.
Pero el mundo lo enjauló.
 ¿Quién se atreve a emular a Julios? Pues si nadie se atreve, habrá que ponerse la máscara y no perder el equilibrio sobre el alambre de este nuestro circo.
Angela Fernández

3 comentarios:

  1. Quero seguir núa
    coma a lúa
    aínda que a firan os ventos.

    ResponderEliminar
  2. Todo un ensaio, miña querida Ángela.
    ¿Máscara o desnudez?Ogallá sexa posible convivir coas dúas, senón habería moitos Julios.Fermoso e profundo relato.
    Hoxe son os Goyas, este ano vereinos moi motivada!sorte!


    En canto ao teu comentario Gema !precioso!

    ResponderEliminar
  3. Un texto que como moi ben di Ana e un ensaio, que reflicte a nosa realidade, difícil "seguir nua" como desexa Gema. Gustame moito a referencia que fas a Julius. Creo que ese final reafirma dun xeito moi emotivo e fermoso o resto do escrito.
    Parabens "honorable madre"!!!

    ResponderEliminar