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martes, 29 de abril de 2014

ANIMACIÓN Á ESCRITURA



EL COCHECITO


¿Como te encuentras Iván ¿ pregunto su padre. No preguntes. Imagino que debe de ser muy doloroso. Nada que no pueda soportar. ¿Por qué estás a la defensiva? Estoy muy cansado. Me voy a acostar.
I

Estaban a punto de cerrar. A través de los acristalamientos la noche se aproximaba al despilfarro de neones. Como moscas, la gente abarrotaba pasillos y colas en las cajas registradoras. Se avecinaba un largo puente y las gentes, ávidas, hacían acopio de material comestible para cruzarlo, más aún, se diría, a juzgar por los atestados carritos, que no sólo pretendían cruzarlo sino instalarse para siempre en él.
Le temblaban las piernas Nunca había hecho una cosa así. No contaban las peleas con su hermano. Esto era otra cosa. Pero donde hay patrón no manda marinero.
Respiró hasta el fondo de su angustia aquel aire espeso de abundancia y casi se sintió saciado. Cerró los ojos para volver a repasar las instrucciones del ataque. Estaba listo. Una exhalación profunda y un masaje en sus piernas temblorosas, y entraría en combate.
Fijó sus ojos en el objetivo: un cochecito de bebé aparcado en la sección de pastas. El plan estaba en marcha. Todos en sus puestos. Dio un último barrido visual al supermercado. Un hormiguero en plena acción, los carritos se colmaban con manos apresuradas, faltaban pocos minutos para que los neones dieran paso a las luces de emergencia. Luego todo caería en un silencio enrejado, y las estanterías dormirían tranquilas esperando las reposiciones, los etiquetados y las nuevas manos que continuasen la rueda del consumo.
Contó hasta tres y salió en estampida de búfalo. Sólo un punto fijo. Y sus piernas desplegaron todo el poder de sus músculos, dopados de adrenalina.
Se abalanzó sobre el cochecito y golpeó la cabecita del bebé. Fue consciente de que algo
en su interior había frenado su fuerza bruta en el ataque kamikaze, pero el golpe fue suficiente como para despertar al bebé y hacerlo llorar.
El supermercado se paralizó. Todos los ojos convergieron en el cochecito. La madre había cogido al niño en brazos y lo acunaba desesperada sin dar aún crédito a lo sucedido. Del normal bullicio de un local comercial se pasó a un silencioso murmullo de misa, sólo roto por el desesperado llanto de la criatura.
Iván salió corriendo con fuego en los pies, saltando de tres en tres las escaleras de la entrada, y siguió corriendo como alma que lleva el diablo hasta el galpón en donde hacía un mes que vivía con su familia, después del desahucio. Se tiró en el camastro sin poderse quitar de encima aquel llanto infantil que le taladraba.

Sus sofocados padres llegaron media hora después, cargados de mercancía. Aquella noche, y posiblemente para una semana, habría comida.
Pero él había perdido el apetito. Se negó a cenar. Sólo quería dormir y sacar de sus oídos aquel llanto afilado que se había apuntalado en su cabeza.

II

Reclinado en el sofá, Iván miraba las cotizaciones de bolsa en la TV. Había invertido bien y las acciones estaban triplicadas. Un buen año, se dijo, mientras miraba por el rabillo del ojo a su mujer. Seguía tan enamorado como el primer día.
Ella lo sabía, por eso no entendía que su marido se negase a tener hijos. Siempre encontraba alguna excusa económica. Pero el piso ya estaba pagado. Y en el trabajo no podía irle mejor, lo habían ascendido a jefe de planta en Pediatría. Los niños lo adoraban. Así que no comprendía su rechazo a ser padre.
Él se escudaba en que no soportaría que les fuese mal y que sus hijos tuviesen que pasar penurias. Y volvía una vez más a contar su historia, cómo su familia estuvo viviendo de la caridad en un galpón húmedo durante unos años. Aquello lo había marcado a fuego.
Su mujer seguía insistiendo. Ahora su economía era buena ¿por qué seguía negándose?
Una mañana Iván se despertó con esa odiosa y repetida pregunta zumbándole en los
oídos como un abejorro a punto de picar. Este abejorro no parará jamás, pensó, mientras se desperezaba y besaba a su mujer.
Los primeros rayos de sol cayeron de lleno sobre sus cuerpos, descubriendo cualquier imperfección de la piel, las primeras arrugas, los ojos legañosos de la noche, las canas sin teñir… los cuerpos sin acicalar. Era la hora de la verdad. Una verdad sin tapujos, sin mentiras, sin máscaras. Pero adorable, auténtica, donde la imperfección es aceptada y elevada por el cariño a la perfección.

Es el momento, se dijo, de sacar este fardo que llevo dentro.
La mujer escuchó el relato de Iván con ojos muy atentos, primero, y desorbitados después. Abrió la boca de cuarta, para pasar, con gran desconcierto de su marido, a llenarla de sonoras carcajadas.
Iván no daba crédito. Él desnudando su pecado y ella tomándolo a broma. Las carcajadas le recordaron de nuevo aquel llanto del bebé en el supermercado. Risas y llantos se fundieron en uno y penetraron por sus conductos auditivos como un enjambre de abejas. Basta, por favor, basta.

Cálmate cariño, le dijo la mujer, ya ves que no me pasó nada. Aquí estoy vivita y coleando para ti. Cómo le gusta jugar al destino. Nunca te lo comenté porque casi había olvidado esa anécdota: Yo era el bebé del cochecito.
Angela Fernándes


2 comentarios:

  1. Como sempre , magnifico relato Angela, Sobrache imaxinacion e sabes espertar a curiosidade do lector, manter a sua atencion e sorprendelo. Non todos os escritores o conseguen. Parabens!!!

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  2. Imaxinación ....... Eun dominio da forma que me deixa desmoralizada¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
    Noraboa.

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