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miércoles, 18 de julio de 2012


JAVIER CUERVO El actor que encarna con elegancia al presidente de los Estados Unidos hace ataques preventivos con drones, que son aviones no tripulados, misiles de videojuego dirigidos por un joystick, que por 13 millones de dólares y sin que tengas que salir de casa, matan a un terrorista que camina por un pedrero a miles de kilómetros de distancia. Los drones son el arma del siglo XXI y en Pakistán llevan ya 3.000 muertos, entre ellos mil civiles que estaban en un mal lugar en un mal momento.
Los drones convierten a quien los tiene en lo más parecido a los dioses barbudos de melena con raya al medio, tipo Yaveh, Zeus, Odín... Hasta hace poco eran artilugios espías, un ojo que todo lo veía, dirigido por el nervio óptico en el Pentágono, en el Olimpo, en el Cielo o en el Walhalla.
La sola creencia en el ojo de Yaveh (los otros no me tocaron) era muy preventiva, como quieren ser las acciones de estos drones que asesinan preventivamente, es decir, que matan a gente que ha pecado de pensamiento o de palabra, antes de la acción y lo hacen sin juicio (y en un tercio de los muertos sin querer).
Los drones son la mejor representación del rayo divino. Algo muy rápido, que viene del cielo y que mata por fuego. El rayo, aunque se sea ateo, siempre parece divino y cuando le cae a alguien encima, mucho más. De hecho, el rayo es uno de los principales sospechosos de haber creado a dios cuando no había ni atisbo de explicación física para la chispa eléctrica.
Lo que hace más divino al que decide usar esos ojos vigilantes y esos rayos punitivos que son los drones es que su uso depende solo de la voluntad del que los maneja y, de momento, cuenta también con la impunidad de dios. Dios no recibe castigo porque es el único con derecho para castigar, que para eso es dios. No hay control judicial, no hay riesgo de vidas estadounidenses, no hay libro de reclamaciones.
La Opinión


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