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jueves, 19 de abril de 2012

PEL DE GALIÑA

¡ PÁÁÁÁNICO !

Al fin tocó mi turno. Enfrentarme con el monstruo. Ese ser casi mitológico que invitaba (¿obligaba?) a adentrarme en sus terroríficos dominios. ¿Por voto propio? Más bien por cuestión de orgullo… mal entendido.

La boca del miedo se abrió de par en par, y de un bocado engulló los proyectos previos de mi supuesta valentía. Desató todos los vientos del pánico, que silbaron, en forma de aullidos, azotando huracanadamente mis cuerdas vocales, hasta su extenuación.

Cerrar los ojos no aliviaba la tempestad. Tampoco el ambiente festivo del resto de los mortales, que, curiosamente, parecía disfrutar (sádicamente, pienso) de aquel vértigo infernal.

Me sentí un bicho raro, conduciendo por la autopista del terror, en dirección contraria a la del placer...

Fueron minutos. Pero juraría que fueron eternidades.

Con el vello erizado, firme ante las órdenes de un terror de alta graduación, unido al arte de la palidez que pinta el miedo, me abandoné al estado de la histeria del que está a punto de ser devorado por los leones ( por muy cristiano que sea).

Me sentí protagonista del grito de Munch, de la chica en la ducha,de Psicosis, del perseguido por la moto-sierra de la matanza de Texas, o del condenado a muerte empezando a freírse en la silla eléctrica. Peor aún, mi pánico era la suma de todos estos pánicos (y de otras malas hierbas de las que, por el bloqueo mental del momento, ya no me acuerdo, pero que, por lo menos, debían de ser carnívoras).

Mi cuerpo estaba fuera de todo control, enajenado por el paralizante miedo, sin punto de equilibrio físico ni mental, con los sentidos tan erizados como el vello, descolocados de sus correctas posiciones, y explosionados en un pequeño Big Bang personal, que nadie, sólo yo, percibía en mi doliente interior…

Fueron minutos, pero juraría que fueron eternidades.

Con el sudor pegado a mi piel y el frío del miedo congelando la humedad de los poros hasta la convulsión. El cuerpo, con todas las alertas rojas en funcionamiento, esas que nos previenen del peligro… pero ya inútiles en su respuesta, estaba bloqueado por el pánico, e impotente ante el monstruo devorador de almas indefensas.

Las manos agarrotadas, crispadas, clavadas sobre su negro lomo (o lo que fuera), sintiendo la indefensión del débil ante la superioridad más obscena jamás sentida.

La bestia violadora se resistía a dejarme libre. A frenar sus impulsos vertiginosos hacia un precipicio tan real y tan engañoso:

Caías… pero no. Te tiraba… pero no. Te estrellabas… pero no.

Y se reía de mi debilidad. ¿O eran los otros, los inconscientes, los que neciamente obvian el peligro, los osados armados con la coraza de hierro de la ignorancia (¿tal vez de la valentía?) los que se reían?.

Sólo sé que, esa experiencia, fue la sublimación del miedo, coronando la cota más alta, el látigo en las tripas del vértigo más absoluto, y el más amargo sabor del pánico, que inyectó en mis venas un ácido corrosivo, y me dejó fuera de este mundo, como un jarrón de duralex, hecho añicos…

¿Minutos? puede. Pero juraría que fueron eternos.

Cuando todo paró. Cuando el tiempo programado se detuvo, el monstruo aflojó sus riendas.

Volvieron mis sentidos a sus posiciones iniciales. Recuperé la consciencia y la conciencia. Me sentí libre de nuevo, los ojos abiertos, de nuevo el sol. Otra vez yo, milagrosamente entera. Algo perjudicada, pero yo. Me revisé detenidamente, estaba completa. Mis mandíbulas volvieron a encajar. El cabello, después de los vientos huracanados, en su sitio. Evaporado el sudor y recuperado el color, sonreí de nuevo a la vida, esa que hacía unos minutos ( aunque eternos) creí perder a manos del monstruo de los abismos, que ahora simulaba dócil y encantador.

Dueña al fin de mi equilibrio, de mi ritmo, ordenados mis pensamientos, con la serenidad de la resaca y en mis plenas facultades mentales, con mi voz recuperada de las estridencias, entonces, como Escarlata, elevé mis ojos al cielo y juré:

“A Dios pongo por testigo no volver a montar jamás en El Tren de la mina”.*

* Una de las atracciones ¿infantiles? de Port Aventura.

5 comentarios:

  1. Obxectivo ben logrado tanto dende o punto de vista literario como plástico. Felicitacións, pero-----
    ES UN POUCO GALIÑA, non só a pel

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  2. Bo o relato , acostumados xa nos tes aos teus bos dotes literarios, pero mellor aínda as secuencias fotográficas. Non se percibe a pel de galiña,pero si, o medo feito berro que case chegamos a escoitar a través das imaxes...

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  3. Me he reido muuuuuuchísimo, me gustá que no te avergüences de lo mal que lo pasaste, sé que papá pasó miedo aunque guarde la compostura. Un besazo papis

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  4. Avergonzarse....???? A túa nai é demasiado fantástica para avergonzarse. Rise de si mesma porque é unha persoa ESTUPENDA, e do mundo se fai falla. Pero que che vou contar a ti , Germán , se é a túa nai e ti xa o sabes. Estou orgullosa de ter amigas coma ela...

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  5. As fotos son moi descriptivas. Mais o relato fíxome pasar unha anguria do « copón». Menos mal que o final quedei moi aliviada.
    Gustoume moito.
    Carmen

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