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martes, 18 de marzo de 2014

EL MANTEL

El mantel ondeaba cada día sobre las cuerdas. No se sabe desde cuando esta bandera casera desplegaba sus colores al patio de vecinos, pero lo que sí estaba claro es que llevaba mucho tiempo emitiendo su lenguaje mudo. Era un mantel redondo, con unos colores llamativos donde predominaba el rojo, de hecho en la parte central un gran corazón dominaba la circunferencia y desde él partían, como radios, flores imposibles de clasificar, por lo atrevido del diseño, que bien podría ser de Ágata Ruiz de la Prada.
Manuel tardó en fijarse en él. Al vivir en el piso inferior tenia que levantar la vista para verlo, pero, a fuerza de tesón y de muchos días de textiles intentos, el mantel se hizo visible a sus ojos. Las primeras veces, lo vio sin ser aún consciente de ello. Era un patio de luces y lo normal era ver ropa tendida, el cerebro no procesa todo lo que ve, sólo lo que se sale de lo habitual, o por lo menos eso era lo que le pasaba a él, que nació con poca capacidad para la observación, o por decirlo de otro modo, era tan despistado que a menudo tenía que reprocesar el cerebro para enterarse de algo, hasta de las cosas más simples.
Manuel salía a la ventana del patio a fumar. Cada día. Varias veces cada día. Y muchas de las noches en las que no podía dormir. No sabría decir a que número de cigarrillo se fijó en el mantel, seguramente hicieron falta unos cuantos cartones. Hasta que por fin su cerebro conectó con su vista y procesó la información.
Desde aquel día, en la fumata de cada pitillo levantaba la vista hacia el misterioso mantel. Siempre el mismo, siempre limpio, siempre seco. Nunca había ropa tendida a su lado, sólo el mantel. Nada más que aquel mantel de flores imposibles y de corazones rojos.
Sin ser consciente primero y ya curioso después, Manuel siguió la pista de aquel mantel. Antes de encender el cigarro, su vista subía hasta él en un acto reflejo, primero, en un ansia después.
Así pasaron cigarros y días bajo el ondear del mantel. Empezó a estudiar sus cambios. Unas veces estaba tendido cuan largo era, casi rozando su ventana. Otro día estaba plegado por la mitad. Otras veces doblado en forma de sobre. Algunas veces como unas cortinas a medio abrir. Siempre de diferente modo. Y siempre limpio, y siempre seco.
Parecía un código Morse, un lenguaje que no entendía pero que sabía que quería decir algo, pero ¿el que?
Cada vez fumaba más. Cada pitillo era un nuevo misterio por resolver. Cada vez más noches de imsomnio. Y los cigarros de la noche multiplicaban el misterio. Si conseguía dormir, sus sueños estaban tapizados de manteles en todas sus formas y manifestaciones. Manteles monstruo, manteles fantasmas, manteles con corazones sangrando, manteles que se rompían en forma de lluvia, manteles que volaban y que jamás alcanzaba, manteles de hielo, manteles de fuego… Despertaba siempre con el miedo a que tal extraña obsesión le estuviese taladrando hasta empujarlo a la locura.
Pero Manuel allí seguía. Fumando ahora compulsivamente mientras miraba al mantel e intentaba traducir su enigmático lenguaje.
Y allí seguía día tras día el objeto de sus pesadillas, siempre plegado en forma diferente, siempre limpio, siempre seco, siempre solo.
Y un día sucedió.
Se levantó como cada mañana ansioso por fumar el primer cigarrillo del día (o para ver la primera manifestación física del lenguaje del mantel) y vio que el material textil yacía sobre sus cuerdas. Una sorpresa primero, y una angustia indescriptible después lo dejó paralizado, con la llama del mechero encendida, quemándole las yemas, sin sentir dolor alguno. Así permaneció un tiempo inmedible, hasta que la lógica le dio una guía de ruta. Subiría y devolvería aquel mantel de sus pesadillas. Con sumo cuidado y temblando arrebató el mantel de sus cuerdas y lo dobló. Ahora sólo tenía que subir al piso superior y, quizás, descubrir el misterio.
Llamó al timbre. Dos veces. Nada. Volvió a llamar una vez más. La puerta se abrió y se le secaron las palabras.
Una hermosa mujer lo invitó a entrar. La puerta se cerró tras ellos.
Esta fue la última vez que Manuel fue visto en la comunidad de vecinos. Y el mantel nunca más volvió a ondear sobre las cuerdas.
Angela Fernández.

2 comentarios:

  1. Que ben escribes Angeliña!!! Hai que ver que relato montaches a partir da imaxe dun mantel...Creas un personaxe perfectamente perfilado, intriga e un final totalmente inesperado. Alucinante. Pero o mellor de todo e a linguaxe que fai que o que relatas se visualice . Eu podia ver ondear o mantel, as suas cores ferianme os ollos mentres o fume doscigarros de Manuel se esvaecia no patio... Pintas coas palabras.

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  2. Suscribo todas e cada unha das palabras de Conchi.
    !PERFECTO!

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